DULCE RENDICIÓN A DIOS
En el momento en que nos rendimos a Cristo y nos comprometemos a la obediencia absoluta a él, se libera un poder maravilloso en nuestro hombre interior. El miedo a lo que los hombres puedan hacernos, se desvanece. No hay más pavor de Dios, del infierno o de retribución. Y en lugar de pesar, dolor, preocupación y angustia, el Espíritu de Dios nos inunda con una nueva luz, una fresca esperanza, un gran gozo, una gloriosa paz y una abundante fe.