UNA PALABRA FRESCA DE DIOS

David Wilkerson

La Escritura nos dice que en ocasiones Jesús sanaba "todos los que le tocaban quedaban sanos" (ver Marcos 6:56). Pero, otras veces, no sanaba debido a la incredulidad de la gente. ¿Cómo sabía Jesús cuándo sanar y cuándo no? Él tenía que oír la apacible y quieta voz de Su Padre, dándole una palabra de dirección. Y Él se gloriaba en oír la voz de Su Padre.

Lo mismo es verdad en nuestro llamado. Sabemos todas las cosas que la Escritura requiere de nosotros: Debemos amarnos unos a otros, orar sin cesar, ir por todo el mundo y hacer discípulos, estudiar para mostrarnos aprobados, caminar en rectitud y ministrar a los pobres, enfermos, necesitados y encarcelados. Sin embargo, también debemos hacer ciertas cosas que no se mencionan en la Escritura. Enfrentamos ciertas necesidades en nuestro caminar diario, a través de crisis u otras situaciones. En tales momentos, necesitamos que la voz de nuestro Padre nos guíe, diciéndonos las cosas no indicadas en Sus mandamientos. Dicho de manera simple, necesitamos oír la misma voz del Padre que Jesús oyó mientras estaba sobre la tierra.

Sabemos que Cristo tenía este tipo de intercambio con Su Padre. Él les dijo a Sus discípulos: "Todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer" (Juan 15:15). También les dijo a los líderes religiosos: "Os he hablado la verdad, la cual he oído de Dios; no hizo esto Abraham" (Juan 8:40). ¿Qué quiso decir Jesús con esta última frase? Él estaba diciéndoles a los maestros de Israel: "Les he dado directamente la verdad desde el corazón de Dios. Abraham no podía hacer eso".

Cristo estaba diciendo: "Ustedes viven una teología muerta. Estudian el pasado, honrando a su padre Abraham, aprendiendo reglas y normas para sus vidas. Pero lo que estoy hablándoles no es de alguna historia remota. Acabo de estar con el Padre. Él me dio lo que estoy predicándoles. Él me mostró lo que ustedes necesitaban oír".

Juan el Bautista testificó contra estos mismos líderes religiosos: "Y lo que vio y oyó, esto testifica; y nadie recibe su testimonio" (Juan 3:32). Hoy, Jesús está hablándonos el mismo mensaje: "Están satisfechos escuchando sermones tomados de algún libro referencial. Pero la Palabra que quiero darles es fresca."