LA OBRA INVISIBLE DENTRO DEL CORAZÓN

David Wilkerson (1931-2011)

Parece que hay una falsificación para casi todo hoy. Solía acontecer que mientras caminabas por las calles de la ciudad de Nueva York, te encontrabas con vendedores ambulantes que vendían relojes Rolex “auténticos”, carteras de diseñadores, joyas y otras mercancías deseables. Aparentemente, se veían geniales, pero eran imitaciones baratas de las cosas reales.

Una cosa que no se puede duplicar es la verdadera espiritualidad. De vez en cuando, algunos cristianos se convencen de que “para honrar verdaderamente a Dios, necesitamos retroceder y adoptar las costumbres y tradiciones de la iglesia primitiva”. De modo que instituyen todos los programas conocidos de la iglesia apostólica de los días de los discípulos. Instalan ancianos, diáconos y obispos y luego establecen en “orden divino” las ordenanzas del bautismo y la comunión, precisamente como lo hizo la iglesia primitiva; pero todo es sólo una copia, una religión muerta sin el Espíritu Santo.

Gran parte de la religión moderna piensa que, si imparten conocimiento de las Escrituras y principios bíblicos a las personas, éstas se volverán espirituales. Las personas asisten a la escuela bíblica o al seminario, donde aprenden las Escrituras y se les enseña a predicar, a bautizar y a administrar. Se les da la forma de teólogos, pastores y misioneros, pero el hecho es que ninguna persona o institución tiene el poder de producir espiritualidad en alguien. Sólo el Espíritu Santo hace eso.

La espiritualidad producida por el Espíritu Santo es una obra profunda e invisible dentro del corazón. Pablo dice: “No mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven” (2 Corintios 4:18). En el contexto de este pasaje, Pablo está hablando de sufrimientos, diciendo, en esencia: “Sólo el Espíritu Santo conoce todas las cosas que enfrentamos. Y aquí es donde se manifiesta la verdadera espiritualidad, en el crisol del sufrimiento”.

No todos los que sufren se vuelven espirituales; muchos terminan amargados y endurecidos, enojados con Dios y con el mundo. Pero aquellos que se someten a la dirección del Espíritu de Dios, enfrentando aflicciones con la confianza de que el Señor está produciendo algo en ellos, emergen de su crisol con una fuerte fe.