Una Chispa

Gary Wilkerson

Una chispa es temporal, dura solo un breve segundo antes de apagarse. Sin embargo, su propósito es encender algo, iniciarlo. Por ejemplo, se necesita una chispa en una parrilla de gas para encender la llama que cocina. Pero una chispa en sí misma no es fuego; no cocina la carne.

Para vivir en la plenitud que Dios quiere para nuestras vidas, necesitamos una llama alimentada continuamente por el aceite de la gracia irresistible de Dios. La vida de David nos muestra la diferencia. Él tuvo las mismas experiencias espirituales que Saúl, al ser tocado y ungido por la mano de Dios. Sin embargo, la chispa que David recibió se convirtió en una llama. “Y Samuel tomó el cuerno del aceite, y lo ungió en medio de sus hermanos; y desde aquel día en adelante el Espíritu de Jehová vino sobre David” (1 Samuel 16:13). Esta última frase, “desde aquel día”, nos muestra la diferencia en las vidas de David y Saúl. Una vez que David recibió una chispa de Dios, la guardó, la avivó y la alimentó. Él decidió: “Yo quiero que esta chispa se convierta en una llama ardiente para el Señor”.

Cuando la chispa de Dios llega, puede consolarnos, pero también tiene como propósito crear un fuego que purifica. La llama de su santidad nos limpia de lo que no nos pertenece y, al quemar la escoria del pecado, nos hace odiar nuestras transigencias. También despierta en nosotros la pasión por la santidad, para que digamos como David: “Señor, yo quiero estar limpio ante ti y tener un espíritu recto”.

Muchos cristianos se resisten a esto. La convicción puede llevarnos a cambiar, y puede que no estemos dispuestos a cambiar algunos de nuestros hábitos o cosas que codiciamos. David afronta la resistencia de su propio corazón, suplicando: “No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu. Vuélveme el gozo de tu salvación, y espíritu noble me sustente” (Salmos 51:11-12).

Observa el énfasis de David en la obediencia en este versículo. El apóstol Pablo pudo haber desobedecido la dirección de Dios y haber seguido su propio camino en las misiones. De hecho, él ansiaba llevar el evangelio a Asia, pero él habla de que el Espíritu Santo le había prohibido ir allí. Pablo sabía que, si procedía por su cuenta, contristaría al Espíritu Santo. Aun así, habría sido salvo y amado por Dios, pero habría apagado el poder del Espíritu para obrar en su vida.

Eso fue exactamente lo que le sucedió al rey Saúl. A medida que él seguía desobedeciendo, el poder del Espíritu de Dios para usarlo disminuía. Después de un tiempo, Saúl ya no oía la voz de Dios ni sentía el mover de Su Espíritu porque nunca había permitido que la chispa inicial se convirtiera en una llama purificadora.

 

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