Un Verdadero Mover de Jesús

Gary Wilkerson

“Y teniendo asidos a Pedro y a Juan el cojo que había sido sanado, todo el pueblo, atónito, concurrió a ellos al pórtico que se llama de Salomón” (Hechos 3:11).

En la frase “el pueblo… concurrió a ellos”, el verbo “concurrió” tiene un gran significado. Estas personas no se apresuraban para pasar por encima unos de otros, sino que iban como uno solo, cada uno asombrado por el majestuoso poder de la presencia de Dios.

¿Qué hombre, mujer o niño que sufre no correría a un lugar donde Dios resuelve los problemas de toda la vida y donde se produce una sanidad profunda y milagrosa? Ese es verdaderamente un “mover de Jesús”. Esto no sucede por medio de planes, ingenio o eventos organizados; sucede cuando Dios se manifiesta. Dondequiera que su gloria se manifieste, ya sea a través de una predicación fiel o un testimonio sencillo, la gente correrá a él.

La gloria de Dios tiene ese efecto: nos une en asombro. En efecto, Dios desea que dejemos de lado nuestras diferencias, perdonemos las ofensas y vayamos a quienes necesitan nuestro perdón o que nos perdonen a nosotros.

No podemos esperar que un Dios glorioso e imponente actúe en medio de nosotros si nos aferramos a una lengua que habla mal, a un corazón que se llena de rencores, a un espíritu que se niega a perdonar a los demás. ¿Por qué los inconversos correrían a una iglesia donde reinan la malicia y la división? Los actos de gloria de Dios unen nuestros corazones, pero ¿cómo podemos estar unidos si nos negamos a dejar de lado nuestras divisiones?

¿Por qué la gloria de Dios se manifiesta en algunas iglesias y personas, pero no en otras? Pedro nos da una respuesta en la escena del Templo. Les dijo a aquellas personas maravilladas: “Varones israelitas… El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Hijo Jesús” (Hechos 3:12-13).

Dios ha puesto toda su majestad, gloria y poder en una sola fuente: Cristo. Su gloria no se da a conocer en hombres inteligentes y poderosos ni a través de planes brillantes y estrategias ingeniosas. Se encuentra en una sola fuente que es Jesús. Si queremos la gloria de Cristo en nuestras vidas y en nuestras iglesias, ésta no vendrá a través de nuestra fuerza o nuestros planes. Vendrá al despojarnos para que Él nos llene. Debemos decir con Juan el Bautista: “Es necesario que Él crezca, pero que yo mengüe” (Juan 3:30).

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