Trayendo lo Mejor al Señor
En el Antiguo Testamento, la gente no podía acercarse al altar con un cordero con imperfecciones, ciego o cojo. Ellos debían ofrecerle al Señor lo mejor.
¿Qué tipo de tiempo dedicas a la oración ante el Señor? ¿Es tu mejor momento, tu momento de mayor vigilia? ¿O, en cambio, te acercas a Dios por la mañana para orar por cosas santas, con la mente llena de lo que necesitas hacer ese día? ¿Te acercas a él cansado y fatigado después de un día ajetreado, arrastrándote hasta su presencia?
Amado, tu mente y tu corazón deben estar donde están tus labios. Isaías habló sobre prácticas aceptables: “Sus holocaustos y sus sacrificios serán aceptos sobre mi altar; porque mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos” (Isaías 56:7b). Quienes traen sacrificios aceptables son quienes “sigan a Jehová para servirle, y que amen el nombre de Jehová” (versículo 6).
Este sacrificio aceptable en el altar de Dios no es un sacrificio débil, tibio y soñoliento, ni una ofrenda obligada de último minuto. Más bien, proviene de un corazón consumido por el amor a Jesús que clama constantemente: “Dios, vengo a ti hoy para conocerte. ¡Quiero más de ti!”.
El Señor dice de quienes traen tales sacrificios: “Yo los llevaré a mi santo monte, y los recrearé en mi casa de oración” (versículo 7a). Él oirá nuestras oraciones y nos llevará a un lugar de santidad, gozo y poder.
“Bienaventurados los que guardan sus testimonios, y lo buscan con todo el corazón” (Salmos 119:2).
Una vez que hayas establecido el hábito de oración y hayas dejado de lado todas las distracciones, Dios desea que lo busques con todo tu corazón: “Mas si desde allí buscares a Jehová tu Dios, lo hallarás, si lo buscares de todo tu corazón y de toda tu alma” (Deuteronomio 4:29).