Temor que Libera
“Y Moisés respondió al pueblo: No temáis; porque para probaros vino Dios, y para que su temor esté delante de vosotros, para que no pequéis” (Éxodo 20:20).
Moisés dijo, en esencia: “Dios no está enojado con ustedes. De eso no se trata esta majestuosa experiencia. No. Él quiere fortalecerlos con su temor santo. Él está tratando de formar en ustedes un arma poderosa y lo hace para que puedan vivir todos los días de su vida en victoria”.
Luego vino una de las lógicas más extrañas de la Biblia. Estos líderes le dijeron a Moisés: “…Hoy hemos visto que Jehová habla al hombre, y éste aún vive. Ahora, pues, ¿por qué hemos de morir? Porque este gran fuego nos consumirá; si oyéremos otra vez la voz de Jehová nuestro Dios, moriremos. Porque ¿qué es el hombre, para que oiga la voz del Dios viviente que habla de en medio del fuego, como nosotros la oímos, y aún viva?” (Deuteronomio 5:24-26).
Le dijeron a Moisés: “Sabemos que podemos escuchar a Dios hablar desde el fuego y sobrevivir. Sin embargo, si tenemos que permanecer bajo su voz directa, pura y santa, seremos consumidos. ¿Por qué deberíamos morir? Entre todos los pueblos del mundo, nosotros somos los que hemos oído la voz de Dios y hemos vivido”.
Entonces el Señor nos da una pista de lo que realmente estaba sucediendo: “¡Quién diera que tuviesen tal corazón, que me temiesen y guardasen todos los días todos mis mandamientos, para que a ellos y a sus hijos les fuese bien para siempre!” (Deuteronomio 5:29).
Ellos honraban a Dios con sus labios, pero sus corazones estaban lejos de él. Citando a Isaías: “Pues el Señor dijo: Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí, y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado” (Isaías 29:13).
Los israelitas estaban tan entregados a sus pequeñas imágenes de oro que nada podía apartarlos de su adoración idolátrica. Finalmente, incluso ignoraron la voz audible de Dios, con toda su santidad y majestad.
Cuando los ancianos de Israel dijeron: “Necesitamos un mensaje más suave, de lo contrario moriremos”, cuánta razón tenían. Cada vez que te sientas bajo una predicación del Espíritu Santo y escuchas la palabra ungida y convincente de Dios, ciertamente vas a morir. ¡Es decir, morirás a tus pecados!