Silenciando la Duda, Confiando en Dios
Todos tenemos un llamado del Señor. En diversas etapas de nuestra vida, Él nos ha presentado un plan predeterminado que debemos cumplir. Además, Dios promete que, si actuamos con fe, confiando en Él, Él llevará ese plan a buen término.
Sin embargo, esto no siempre es fácil. Quienes han caminado con Jesús por algún tiempo saben que seguir su alto llamado implica encontrar obstáculos, el más común de los cuales es la voz del escéptico. Al intentar cruzar el Jordán hacia la Tierra Prometida, escucharemos todo tipo de voces que nos dirán que no vayamos. Nos susurran con tono muy razonable: “Simplemente no va a suceder”.
Hay tres tipos de voces escépticas que aparecen en la vida de todo cristiano:
- Primero, está el escéptico externo. Este es un amigo, conocido o familiar que cuestiona nuestras creencias cuando intentamos obedecer a Dios.
- Segundo, está el escéptico demoníaco. Esta es la voz del maligno, que busca apartarnos de nuestra confianza en el Señor.
- En tercer lugar, está el escéptico interior. Esta es la voz en nuestra propia mente que plantea toda clase de argumentos en contra de obedecer lo que Dios nos pide.
Josué escuchó estas tres voces cuando Dios lo impulsó a guiar a Israel al otro lado del río Jordán. El cruce encierra toda la promesa de la futura gloria de Dios para su pueblo en la tierra. Sin duda, ellos no habrían podido cruzar mientras escuchaban las voces estridentes de los escépticos que intentaban disuadirlos.
Nuestro Dios quiere aniquilar toda voz escéptica que nos impida obedecer su mandato para su mayor gloria. Cada vez que él nos pide que demos un paso de fe, nos está guiando a “cruzar” hacia un nivel de confianza en él que nunca antes habíamos tenido.
“Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida; como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé” (Josué 1:5).