Quitando el Velo

David Wilkerson (1931-2011)

“Así que, teniendo tal esperanza, usamos de mucha franqueza; y no como Moisés, que ponía un velo sobre su rostro, para que los hijos de Israel no fijaran la vista en el fin de aquello que había de ser abolido. Pero el entendimiento de ellos se embotó; porque hasta el día de hoy, cuando leen el antiguo pacto, les queda el mismo velo no descubierto, el cual por Cristo es quitado. Y aun hasta el día de hoy, cuando se lee a Moisés, el velo está puesto sobre el corazón de ellos. Pero cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará” (2 Corintios 3:12-16).

En este pasaje, Pablo analiza principalmente la ceguera de los judíos respecto a Jesús como el Mesías. Sin embargo, también está estableciendo un principio que se aplica a todas las personas, tanto judíos como gentiles. Está hablando de la ceguera ante la verdad bíblica. Notemos el versículo 14: “Pero el entendimiento de ellos se embotó”.

Por favor, comprendamos que las personas a las que Pablo escribió eran sinceras. Estudiaban fielmente los libros de Moisés, la Ley, los Profetas y los Salmos de David. Veneraban la Palabra de Dios, enseñando de ella y citándola libremente. Sin embargo, todavía había un velo sobre sus ojos.

Pensamos en un velo espiritual que cubre los ojos de judíos, musulmanes y otros, cegándolos a la verdad sobre Jesús. Sin embargo, también hay un velo sobre los ojos de muchos creyentes. Leen las claras advertencias de Dios en las Escrituras; las escuchan predicar con poder, pero aun así no se ven afectados. De hecho, continúan haciendo las mismas cosas que escuchan que la Palabra de Dios renuncia.

Pablo dice que antes de que nuestra ceguera pueda ser quitada, debemos convertirnos al Señor. “Pero cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará” (2 Corintios 3:16). La palabra griega para convertirse aquí significa “dar la vuelta al rumbo”. Pablo está diciendo: “Tienes que admitir que el rumbo que estás tomando te ha llevado al vacío, a la ruina, a la desesperación”.

Amados, si su vida está en algún tipo de confusión y las cosas se están deteriorando, saben que tendrán que cambiar de rumbo. Pueden pensar: “Es mi esposo o mi esposa quien está en un mal lugar y necesita cambiar”. O bien: “Mi jefe lo está haciendo todo mal”. Vemos tan claramente los errores y las malas acciones de los demás, pero estamos ciegos a nuestra propia necesidad de cambio. Necesitamos admitir ante Dios: “Soy yo, Señor. Yo soy el que necesita cambiar. Por favor, Padre, muéstrame dónde me he equivocado”.

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