Oraciones Retrasadas y Denegadas

David Wilkerson

“Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (Santiago 4:3).

Dios no responderá ninguna oración que aumente nuestro honor ni apoye nuestras tentaciones. En primer lugar, Dios no responde la oración de quien alberga lujuria en su corazón. Toda respuesta depende de que desarraiguemos de nuestro corazón la maldad, la lujuria y los pecados que nos asedian.

“Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado” (Salmos 66:18).

La clave para saber si nuestra petición se basa en la lujuria es muy simple. La clave está en cómo manejamos las demoras y las negaciones. Las oraciones basadas en la lujuria exigen respuestas apresuradas. Si el corazón lujurioso no obtiene lo deseado rápidamente, gime y llora, se desmaya y se desmorona; o estalla en un ataque de murmuraciones y quejas, acusando finalmente a Dios de sordera.

“¿Por qué, dicen, ayunamos, y no hiciste caso; humillamos nuestras almas, y no te diste por entendido? He aquí que en el día de vuestro ayuno buscáis vuestro propio gusto, y oprimís a todos vuestros trabajadores” (Isaías 58:3).

El corazón lujurioso no puede ver la gloria de Dios en sus negaciones y demoras. Dios, en su justicia, está obligado a retrasar o denegar nuestras oraciones hasta que estén purificadas de todo egoísmo y lujuria.

¿Podría haber una simple razón por la que la mayoría de nuestras oraciones se ven obstaculizadas? ¿Será el resultado de nuestro continuo coqueteo con la lujuria o un pecado que nos asedia? ¿Hemos olvidado que solo quienes tienen manos limpias y corazones puros pueden poner los pies en su santo monte? Solo el abandono total de un pecado predilecto abrirá las puertas del cielo y destapará las bendiciones.

En lugar de ceder, corremos de consejero en consejero, buscando ayuda para lidiar con la desesperación, el vacío y la inquietud. Todo es en vano porque el pecado y la lujuria aún no han sido arrancados. El pecado es la raíz de todos nuestros problemas. La paz solo llega cuando nos rendimos y abandonamos todo pecado oculto.

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