Ora, luego Oye

David Wilkerson

Me pregunto si el Señor se cansa alguna vez de que sus hijos vengan a su presencia cuando nunca se detienen a oír. Nada es tan vacío e insatisfactorio como la comunicación unidireccional. Intenta oír a alguien durante unas horas sin decir ni una palabra. La persona que se “quitó un peso de encima” va sintiéndose mejor, pero el pobre oyente se queda allí insatisfecho.

¿Cuántas veces hemos dejado a nuestro Señor solo en el lugar secreto? Nos apresuramos a su presencia con: "¡Alabado seas, Jesús! ¡Te amo, Señor! Aquí está mi lista de compras y mi tarjeta de sanidad. Amén". ¿Cuántas veces ha estado él tan dispuesto y ansioso por abrir su corazón para hablar, cuando he aquí que no había nadie allí?

Toda mi vida de predicador la he dedicado a intentar que la gente orara. Ahora veo que ese no era el problema. El verdadero problema es dejar al Salvador en el lugar secreto, solo, insatisfecho, sin poder decirnos ni una palabra.

Salimos de ese aposento de oración habiendo desahogado nuestros corazones. Le contamos nuestras esperanzas, sueños y deseos. Salimos de aquel lugar sagrado de oración con la mente satisfecha. Sin embargo, nuestro Señor seguía allí esperando con gran expectación, anhelando compartir esa comunión. Creo que nuestro Señor dice: “Sí, sí, gracias por tus alabanzas. Me alegra mucho que te hayas tomado el tiempo para estar conmigo. He oído tu petición, pero no te vayas ahora. Tengo algunas cosas que quiero compartir contigo. He guardado tus lágrimas; he calmado tu mente atribulada. Ahora, permíteme decirte lo que siento en mi corazón”.

Nuestro Señor Jesús quiere decirnos qué le está quebrantando el corazón en nuestra generación. Él quiere hablar a cada hijo sobre su hermoso plan para todos los que confían en él. Él quiere darnos guía, solución a nuestros problemas, nuevos ministerios y actividades de evangelización para salvar a los perdidos, palabras específicas sobre trabajos, carreras profesionales, hogares, parejas y verdades sobre el cielo, el infierno y las calamidades venideras. Sobre todo, él quiere hablarnos de cuánto ama y cuida a los suyos.

“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3:20).

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