Ojos para Entender
“Aconteció que acercándose Jesús a Jericó, un ciego estaba sentado junto al camino mendigand… Entonces dio voces, diciendo: ¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí! Y los que iban delante le reprendían para que callase; pero él clamaba mucho más: ¡Hijo de David, ten misericordia de mí! Jesús entonces, deteniéndose, mandó traerle a su presencia… ¿Qué quieres que te haga? Y él dijo: Señor, que reciba la vista” (Lucas 18:35-41).
¿No es asombroso que ellos se encuentren en Jericó, la fortaleza con muros impenetrables que Dios derribó cuando el pueblo gritó? Ahora un hombre está gritando para que se derrumben sus muros de desesperanza, y le están diciendo que se calle. ¿No es asombroso en lo que la religión puede convertirse con el tiempo? Empezamos a pensar que es reverente no gritar nunca, no desesperarse nunca con Dios. Todo debe ser medido, y nunca debemos perder nuestra integridad, tal como la vemos, al admitir nuestras necesidades.
A este ciego todo eso no le importó. Debido a que él estaba dispuesto a clamar para que Dios actuara, sus muros estaban a punto de derrumbarse.
Pero primero, Jesús le preguntó qué quería. ¿No es extraño? El hombre era ciego. ¿No era obvio lo que quería? Pero el hombre podría haber respondido: “Bueno, necesito un abrigo nuevo. Mi abrigo viejo apesta y está raído”. O podría haber dicho: “Necesito un mejor lugar para mendigar, Jesús. Este está tan desgastado que ya no sirve para mendigar. Necesito un trabajo. Quiero un amigo”. Ninguna de esas cosas era su mayor necesidad, y Jesús quería ver si él lo sabía.
En este contexto, lee lo que Pablo oró por la iglesia: “Para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos” (Efesios 1:17-18).
Tú necesitas visión espiritual. Necesitas entender quién es Jesucristo. Necesitas saber que Dios no te ha llamado a sentarte al costado del camino con tu copa espiritual abierta. ¡Clama y Cristo te dará ojos para entender!