Más y Más como Jesús

David Wilkerson (1931-2011)

El semblante de una persona es la expresión exterior de lo que hay en su corazón. Cuando la revelación de la gloria de Dios se hizo real para Moisés, cambió incluso su aspecto. “ Y al mirar los hijos de Israel el rostro de Moisés, veían que la piel de su rostro era resplandeciente; y volvía Moisés a poner el velo sobre su rostro, hasta que entraba a hablar con Dios” (Éxodo 34:35).

Pablo testificó: “Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia, revelar a su Hijo en mí, para que yo le predicase entre los gentiles, no consulté en seguida con carne y sangre” (Gálatas 1:15-16).

Pablo estaba diciendo: “Tengo dentro de mí mucho más que una doctrina que alguien inventó, más que un simple conocimiento intelectual de Cristo. Tengo una revelación de quién es Cristo, una revelación de su gracia, misericordia y amor. Esta revelación se ha convertido en la fuente misma de todo lo que soy y hago. Es la esencia misma de mi vida”.

La revelación de la gloria de Dios es verdaderamente maravillosa. Sin embargo, muchos han convertido esa misma revelación en una licencia para pecar. Judas describe a aquellos que “desde antes habían sido destinados para esta condenación, hombres impíos, que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios, y niegan a Dios el único soberano, y a nuestro Señor Jesucristo” (Judas 1:4).

Según Pablo, tales personas pecan “para que la gracia abunde” (ver Romanos 6:1). En esencia están diciendo: “Si a Dios le gusta manifestarse mediante misericordia y perdón, entonces le daré todas las oportunidades posibles. Voy a pecar y dejar que él siga amándome, para que la gracia siga fluyendo”.

A estas personas es fácil reconocerlas. El pecado tiene un aspecto particular. Ninguna sonrisa puede ocultarlo, y su voz suena vacía, como el eco de un metal que resuena o un címbalo que retiñe.

Por otro lado, incluso el más endurecido de los pecadores puede notar cuando has estado con Jesús. ¿Cómo lo saben? Dicen: “Eres diferente. Te comportas con una seguridad humilde y nada en ti parece oculto. No hay secretos en ti ni parece que guardes rencor o amargura. Si lo hicieras, lo sabría. Tu vida es un libro abierto”. Aquellos que se han apropiado de la gloria de Dios están siendo transformados cada día. ¡Su semblante se vuelve cada vez más parecido al de Jesús!

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