A Los que No Obedecen

David Wilkerson (1931-2011)

A lo largo de las Escrituras, Dios nos da una imagen clara de la importancia de obedecer su Palabra. Vemos un ejemplo de ello en la vida del rey Saúl. Dios le dio a Saúl mandatos claros y específicos a través del profeta Samuel: “Ve, pues, y hiere a Amalec, y destruye todo lo que tiene, y no te apiades de él; mata a hombres, mujeres, niños, y aun los de pecho, vacas, ovejas, camellos y asnos” (1 Samuel 15:3).

¿Obedeció Saúl esta orden del Señor? La Escritura nos dice: “Y Saúl derrotó a los amalecitas… Y tomó vivo a Agag rey de Amalec… perdonaron a Agag, y a lo mejor de las ovejas y del ganado mayor, de los animales engordados, de los carneros y de todo lo bueno, y no lo quisieron destruir; mas todo lo que era vil y despreciable destruyeron” (1 Samuel 15:7-9).

Dios le había hablado a Saúl con absoluta claridad. Sin embargo, tras entrar en batalla, Saúl obedeció al Señor solo parcialmente. En lugar de destruir a todos y todo, perdonó al rey Agag e incluso conservó parte del botín de batalla. 

Samuel se sintió profundamente afligido al oír esto. Le dijo a Saúl: “El Señor te envió en una misión, y te dijo: Ve y destruye por completo a los pecadores, los amalecitas, y lucha contra ellos hasta que sean exterminados. ¿Por qué, entonces, no obedeciste la voz del Señor? ¿Por qué te lanzaste sobre el botín e hiciste lo malo ante los ojos del Señor?” (1 Samuel 15:18-19).

En este punto, la Escritura nos da una palabra dolorosa y escalofriante: “Y vino palabra de Jehová a Samuel, diciendo: Me pesa haber puesto por rey a Saúl, porque se ha vuelto de en pos de mí, y no ha cumplido mis palabras. Y se apesadumbró Samuel, y clamó a Jehová toda aquella noche” (1 Samuel 15:10-11). Dios rechazó a Saúl por su desobediencia. 

Dios nos dice a través de este pasaje que lo que él habla es en serio. Nos dice: “Te estoy mostrando lo que yo siento acerca de tu obediencia. Yo quiero todo tu corazón, no solo una obediencia a medias”.

¿Describe esto tu vida? ¿Te ha dicho Dios claramente que dejes cierto hábito, pero sigues aferrado a él y te niegas a abandonarlo? Su Espíritu podría estar hablándote ahora mismo con una voz amable y suave, diciendo: “Tu pecado se interpone entre nosotros, interrumpiendo nuestra comunión. Yo ya no puedo bendecirte mientras persistas en él. Confía en mi Espíritu para que te ayude, hijo mío”. Cualquier sacrificio, por doloroso que sea en el momento, merece una renovada comunión con el Espíritu Santo y paz ante Cristo.

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