La Perdonada y Aceptada

Gary Wilkerson

En la historia de la mujer sorprendida en adulterio que se narra en Juan 8, Jesús transformó a la acusada en aceptada. En lugar de rechazar a la mujer adúltera, cuya vida pendía de un hilo, la aceptó. Él hace lo mismo con nosotros hoy. Toma a todo aquel que su propio pecado ha empujado a los márgenes y le dice: “Eres mío. Estás justo en el centro del amor del Padre”.

Este gesto de Jesús fue crucial para la mujer adúltera. ¿Por qué? Porque ella todavía tenía que vivir en su comunidad con la realidad de lo que había hecho. Verás, aunque es cierto que no hay condenación para los que están en Cristo Jesús, todavía existen consecuencias reales del pecado. Pregúntale a cualquier adicto que haya pasado por un programa de recuperación. Hay vínculos rotos que reparar con la familia, amigos, hijos o compañeros de trabajo. En el caso del adulterio, puede haber embarazos no deseados, amor quebrantado con el cónyuge, relaciones tensas con los hijos, traiciones a la confianza dentro de una comunidad. Son asuntos que pueden tomar años en repararse.

Por eso hay una misericordia muy real en las dos declaraciones distintas de Jesús a la mujer adúltera: “Ni yo te condeno; vete, y no peques más” (Juan 8:11). Yo no sería un ministro fiel de Dios si no dijera que aunque, sí, Jesús te ama, te acepta y te perdona, existen consecuencias muy reales del pecado. Como pastor, lo he visto todo el tiempo. Por eso nuestro pecado es de gran preocupación para Dios, más allá de las razones morales de quebrantar la ley. 

Pablo dice: “Huid de la fornicación. Cualquier otro pecado que el hombre cometa, está fuera del cuerpo; mas el que fornica, contra su propio cuerpo peca” (1 Corintios 6:18). Esta es razón suficiente para llevar a Jesús cualquier y todo pecado. Solo su poderosa gracia redentora puede sanar y restaurar por completo.

Hay un tercer grupo impactado por la gracia de Dios: los acusadores. El plan despiadado y acusador de los fariseos se volvió contra ellos. Al final, la mujer pecadora no fue condenada, sino rescatada y sanada.

Cuando una gracia tan radical se manifiesta, el mal se ve obligado a retirarse avergonzado. “Y ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio” (Juan 8:9).

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