Jesús es el Pacto
Isaías estaba hablando de Jesús cuando profetizó estas palabras: “Así dijo Jehová: En tiempo aceptable te oí, y en el día de salvación te ayudé; y te guardaré, y te daré por pacto al pueblo, para que restaures la tierra, para que heredes asoladas heredades” (Isaías 49:8).
El profeta declara que Dios está a punto de enviar a su Hijo como respuesta a todo clamor y oración. Sin embargo, este versículo esconde algo más. Se nos dice que Jesús fue enviado en forma humana para revelar el pacto de Dios con la humanidad.
Cuando Dios nos dio un nuevo pacto, no estableció un nuevo sistema con nuevas reglas. En cambio, nos envió a una persona, Jesús, como el pacto.
El antiguo pacto era un conjunto de reglas basadas en condiciones. Decía: “Si haces esto o aquello, Dios te dará vida. Si no lo haces, perderás la bendición de Dios”. Por supuesto, el pueblo constantemente no alcanzaba el estándar de Dios. No podían guardar su ley, que era santa y pura; y como resultado, sus vidas estaban plagadas de culpa, vergüenza y desesperación.
En algún momento del camino, decidimos que el antiguo pacto de Dios necesitaba un ajuste. Pero Jesús no vino a modificar un pacto; él vino como el pacto. No vino a mostrarnos las bendiciones de la gracia; él es la bendición de la gracia.
A lo largo de la historia de la iglesia, hombres como Lutero y Wesley han enfatizado la importancia de comprender el nuevo pacto para el pueblo de Dios. Lo consideraban una cuestión de usar correctamente la Palabra de Dios, entendiendo qué es la ley y qué es la gracia. Si no comprendemos este asunto, decían, estamos condenados a una vida de desesperación. Lutero y Wesley sabían que esto era cierto porque habían experimentado esa desesperación en carne propia.
Bajo el nuevo pacto, la ley de Dios ya no era una norma externa por la que esforzarnos. En cambio, su ley se escribiría en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo. “La esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Romanos 5:5).
Amigo, hemos sido llenos del Espíritu Santo, la vida misma de Dios, para ser ayudados en obedecer su santa Palabra. Cristo nos amó y se entregó por nosotros para que tuviéramos esta nueva vida.