El Templo de Dios en la Tierra

Gary Wilkerson

Somos el templo de Dios en la tierra; nuestros cuerpos son la morada de su Espíritu Santo (ver 1 Corintios 6:19). Sin embargo, hay ciertas cosas que no pertenecen a nuestro templo, cosas que pueden eclipsar nuestra pasión por él.

Muchas congregaciones hoy en día están llenas de ruido y actividad. Hay muchos programas en marcha, desde viajes misioneros al extranjero hasta evangelizaciones locales y docenas de pequeños grupos de confraternidad. Los servicios de adoración pueden estar llenos de luces brillantes, sonido potente y una energía asombrosa. Sin embargo, a veces, en medio de toda esta actividad animada, falta algo en el centro: Jesús.

Sin Cristo como el centro de nuestras actividades, nuestras iglesias están muertas. Por mucho que nos esforcemos por hacer cosas que sirvan y honren su nombre, ninguno de nuestros "sacrificios" por sí solo puede lograr verdaderos resultados para el reino. Desde afuera, nuestras congregaciones pueden parecer justas, pero si no mantenemos un enfoque en Jesús, seremos iglesias llenas de huesos de muertos.

El sistema de sacrificios de animales nunca fue la intención principal de Dios para representar su reconciliación con la humanidad pecadora. Al igual que la institución de los reyes en Israel, era un sistema imperfecto; sin embargo, Dios lo permitió, usándolo simbólicamente para señalar algo superior y mejor.

Dios demostró esto con Abraham. En aquella época antigua, las culturas orientales sacrificaban animales e incluso niños para apaciguar a sus dioses airados. Cuando el Señor le ordenó a Abraham que llevara a su hijo al monte para sacrificarlo en un altar, Abraham obedeció sin cuestionarlo. Esa reacción puede parecernos extraña hoy, pero sugiere un temor aterrador que los pueblos antiguos sentían hacia sus dioses. Cuando tu dios hablaba, saltabas; de lo contrario, podías enfrentarte a la hambruna o la peste. Era una obediencia basada en el miedo.

Abraham percibió que su Dios era diferente, y Dios estaba a punto de mostrarle que no era como Moloc, a quien se le sacrificaban niños. Cuando Abraham levantó el cuchillo sobre Isaac, Dios lo detuvo (ver Génesis 22:11-12). Dios entonces proveyó un carnero para ser sacrificado. Él declaró a su siervo y a cada creyente de todos los tiempos: “No necesito que se sacrifiquen por mí. Yo me sacrificaré por ustedes”.

Cristo explicó esto a sus seguidores, diciendo en esencia: “Su relación con el Padre ya no se basará en sacrificios de ovejas, cabras y palomas. Se basará en mi sacrificio único y eterno por ustedes” (ver Hebreos 10:5-10).

Dios cambió la situación por completo.

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