El Aliento Vivificante de Dios

Gary Wilkerson

Muchas iglesias ofrecen seminarios, libros, sitios web, podcasts y reuniones para todas las edades y necesidades. Estas cosas están diseñadas para bien, pero no son nada si no se infunde en ellas el Espíritu de Dios. De hecho, tienen el sutil poder de robarnos la vida que Dios desea para nosotros.

Consideren esta trágica escena donde Dios le muestra a Ezequiel un valle de huesos. “Y miré, y he aquí, tendones sobre ellos, y carne subió, y la piel cubrió por encima de ellos; pero no había en ellos espíritu” (Ezequiel 37:8, NVI).

Esto me recuerda a las iglesias que tienen todos los programas y estrategias establecidos, pero no tienen vida. A medida que avanzamos en la iglesia, nos engañamos al pensar que somos espirituales. Puede parecer que los huesos secos se conectan entre sí, pero en realidad, carecen del aliento vivificante de Dios. Cambiaría mil servicios de adoración y diez mil estrategias por un solo aliento de su Espíritu. Solo Dios puede infundir vida en lo que hacemos para que estos huesos secos puedan vivir.

“Entonces me dijo: ‘Profetiza al espíritu’” (Ezequiel 37:9). La palabra hebrea para “espíritu” aquí es rauch, que significa el Espíritu de Dios. Una vez más, Dios le ordenó a Ezequiel profetizar. La primera vez, debía profetizar a los huesos, es decir, a las personas; pero este segundo mandato es profetizar a Dios mismo, al Espíritu Santo.

¿Qué dice Dios? Nos dice que predicarnos unos a otros y articular doctrina no es suficiente. No podemos simplemente hablarle al hombre sobre las cosas de Dios. También debemos hablarle a Dios sobre el hombre, rogándole que actúe.

Dios llama a hombres y mujeres de fe a clamar a él para que entre en su situación y cambie las cosas. Nuestros ojos no pueden ver, nuestros oídos no pueden oír, y nuestras bocas no pueden hablar nada de él a menos que él primero nos dé vida. Cuando hace esto, los resultados nos asombran: “Y profeticé como me había mandado, y entró espíritu en ellos, y [los huesos] vivieron, y estuvieron sobre sus pies” (Ezequiel 37:10). Solo el Espíritu Santo de Dios puede dar vida.

El aliento de Dios nos levanta con valentía. Revive huesos secos y trae luz a un entorno oscuro y desolador. Del caos, Jesús produce vida. De las cenizas, produce belleza. En una situación terrible que el enemigo solo busca destruir, ¡Jesús infunde nueva vida!

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