Lleno de la Gloria de Dios
¿Cómo puedo llenarme de la gloria de Dios? Muchas personas hicieron esta pregunta en el Antiguo Testamento, y Moisés pronunció este clamor: “Te ruego que me muestres tu gloria” (Éxodo 33:18). Este “ruego” implica una súplica, un gemido del alma.
Dios debió de haberse sentido complacido con la petición de Moisés, porque accedió a revelarle su gloria. Le ordenó que se escondiera detrás de una roca y se asomara al pasar. Moisés contempló la gloria de Dios en una pequeña parte, pero ese rayo de gloria lo afectó poderosamente.
A la mayoría de nosotros se nos ha enseñado que después de descender, Moisés se puso un velo sobre el rostro porque brillaba intensamente. Sin embargo, las Escrituras en realidad dicen: “Cuando acabó Moisés de hablar con ellos, puso un velo sobre su rostro” (Éxodo 34:33). Fue después de que Moisés habló al pueblo que se cubrió el rostro.
Pablo lo explica así: “Moisés… ponía un velo sobre su rostro, para que los hijos de Israel no fijaran la vista en el fin de aquello que había de ser abolido” (2 Corintios 3:13). La osada declaración de Pablo de que una forma de la gloria de Dios en realidad llega a su fin se refería a la gloria en el rostro de Moisés. Incluso la brillante gloria de la presencia de Dios eventualmente se desvanecería.
Sin embargo, Pablo explica que hay un tipo de gloria de Dios que no se desvanece: “Si lo que perece tuvo gloria, mucho más glorioso será lo que permanece” (2 Corintios 3:11).
Pablo habla de la gloria de Dios encarnada únicamente en Jesucristo. Él explica: “Cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará. Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Corintios 3:16-18).
En Cristo, tenemos dentro de nosotros una gloria que no se desvanece. Nuestra confianza supera incluso a la de Moisés porque está fortalecida por el propio Espíritu de Cristo. Gracias a Jesús, la gloria de Dios en nosotros nunca deja de obrar. Él nos transforma continuamente de gloria en gloria. ¡Tenemos una gloria permanente, inmutable e imperecedera!