La Promesa del Padre
El libro de los Hechos describe una de las obras más gloriosas de Dios en la historia. Es una secuencia asombrosa de eventos llenos de acción: predicación poderosa, conversiones masivas y sanidades milagrosas. Todos fueron el cumplimiento de una promesa divina predicha por Jesús.
Antes de su resurrección, Cristo instruyó a sus discípulos a esperar en Jerusalén para recibir la promesa del Padre. “Yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto” (Lucas 24:49).
Esa promesa comenzó a cumplirse en Pentecostés, la fiesta de las primicias de Israel. El mundo estaba a punto de ver las primicias de la obra de Cristo en la cruz por nosotros.
Los discípulos jamás imaginaron lo que Dios tenía planeado para ellos. Probablemente pensaron: “¡Genial! Esta promesa significa que Dios está a punto de restaurar a Israel. Él nos liberará de las ataduras de la esclavitud romana para siempre y volveremos a ser su pueblo”.
Hoy, yo creo que la Iglesia reaccionaría de forma similar si hubiéramos oído la misma promesa de Jesús. Podríamos pensar que, si la promesa de Dios se cumpliera, nuestras iglesias estarían a rebosar. El Espíritu Santo se movería hacia otras ciudades y la gente viajará de todas partes para experimentarlo. Seríamos bendecidos como nunca antes.
Debemos desear que el Espíritu Santo llene nuestros santuarios y traiga gozo y consuelo al pueblo de Dios. Sin embargo, cuando la gloria de Dios llegue, no será solo para nuestro beneficio. Jesús dijo: “Serán mis testigos hasta los confines de la tierra”.
El poder de Dios debe trascender los muros de la iglesia hasta los confines del mundo. Eso es lo que vemos desplegarse en el libro de los Hechos. Cuando Pedro se levantó a predicar a la multitud reunida, tres mil fueron salvos. Más tarde, mientras Pedro y Juan testificaban por toda Jerusalén, se produjeron señales y prodigios en sanidades y liberaciones milagrosas.
¡Eso fue solo el comienzo! Si la obra del Espíritu se hubiera detenido en Hechos 6, todo el poder de Dios habría permanecido en manos de los doce apóstoles. En cambio, se produjo un cambio radical. Es una promesa para nosotros hoy. Dios dijo: “Mi Espíritu ya no se moverá solo a través de unos pocos. Voy a empoderar a todo hombre, mujer y niño que invoque mi nombre”.