El Abrazo del Padre
En Lucas 15, Jesús cuenta la parábola de un joven que decide no vivir dentro de los límites que su padre le ha asignado. Así que deja la casa paterna y se va a un lugar lejano. La Escritura dice que gastó todos sus bienes y fuerzas en sí mismo.
Cuando nos centramos en nosotros mismos, perdemos el contacto con el corazón de Dios y su propósito para nuestra vida en la tierra. Ya no vivimos para el bien de los demás.
El joven de la parábola pierde de vista su vocación. La Escritura dice: “Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle” (Lucas 15:14). La autocomplacencia es un pésimo amo. Siempre nos lleva a un lugar donde no queremos estar.
El hijo viaja lejos del corazón de su padre, pero Dios le envía una hambruna de misericordia. Tiene hambre y está vacío, y Dios lo usa para traerlo a casa. Dios hará lo que sea necesario para llamar nuestra atención y traernos a casa.
Luego la Biblia dice: “Y volviendo en sí” (versículo 17). Fue como si su mente despertara. Él pensó: “¿Qué hago aquí? Yo he sido creado para un propósito divino, pero lo rechacé”. Viajó de regreso a casa, pero sintió que había arruinado la relación con su padre. Se sintió indigno.
Entonces se revela la belleza de esta historia: “Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó” (versículo 20). El padre corrió, abrió los brazos y abrazó a su hijo.
En esta parábola, Jesús comparte el corazón de Dios. Quizás te sientas a mil kilómetros de Dios. Quizás el llamado que sentiste en tu vida esté tan lejos que ya ni siquiera lo puedas ver. ¡Pero Dios te ve y te ama!
Recuerda, la cruz tiene la última palabra. Cuando vas a la cruz, la sangre de Jesucristo cubre todos tus pecados. Dondequiera que hayas estado, lo que sea que hayas hecho, estás cubierto. Estás perdonado. Cuando el Hijo de Dios extendió sus brazos, te abrió su corazón. Cuando estás limpio, estás limpio. ¡Aleluya al Cordero de Dios!