Exponiendo Nuestros Corazones

David Wilkerson

Bajo el Antiguo Pacto, se exigía obediencia absoluta. La ley de Dios no toleraba ni la más mínima desobediencia. En pocas palabras, el alma que pecaba moría.

Esos mandamientos fueron claramente establecidos, describiendo la obediencia perfecta que un Dios santo exige. Sin embargo, la ley no previó en la carne tal obediencia, y el hombre fue completamente incapaz de cumplir las exigencias de la ley. Pablo llamó a la ley “poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar” (Hechos 15:10).

Sin embargo, Pablo también describe la ley como “nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe” (Gálatas 3:24). La ley expone nuestros corazones, enseñándonos que somos débiles de voluntad, indefensos como bebés y necesitados de un salvador.

En este punto, quizás te preguntes: “¿Por qué Dios exigiría de nosotros obediencia perfecta y no nos daría el poder para cumplir?”. La Biblia lo deja claro: Dios tuvo que llevarnos a un punto en el que nos diéramos cuenta de que no teníamos poder para escapar de nuestro pecado.

A Israel le tomó cuatrocientos años de aflicción aprender que no podían lograr su propia liberación. No podían librarse de sus amos con sus propias fuerzas. Necesitaban un libertador, un Dios que los liberara de su esclavitud.

No fue hasta la época de Zacarías que Israel reconoció verdaderamente su necesidad de un redentor. Finalmente se convencieron de que necesitaban un salvador que diga: “Yo seré para ella, dice Jehová, muro de fuego en derredor, y para gloria estaré en medio de ella” (Zacarías 2:5). Dios mismo sería el fuego a su alrededor y la gloria en su interior.

Sin embargo, muchos cristianos hoy en día aún no han aprendido esta lección. Viven bajo la ley, luchando en la carne, haciendo promesas a Dios y tratando de liberarse de sus pecados. Se despiertan cada día diciendo: “Este es el día, Señor. Voy a encontrar la fuerza y ​​la voluntad para romper estas cadenas. Con un poco más de esfuerzo, ¡seré libre!”.

¡No! Eso jamás sucederá. Solo traerá más culpa. Amados, comprendan que la ley nos lleva a la cruz para reconocer nuestra impotencia y nuestra necesidad de un redentor.

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