El Día de Pentecostés
¿Qué evangelio predicó Pedro a la multitud el día de Pentecostés? La Biblia nos dice que cuando la gente oyó el testimonio del apóstol, “…se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:37-38).
Pedro no les dijo simplemente que “creyeran y fueran salvos”. Tampoco les pidió que simplemente tomaran una decisión, que votaran por Jesús. No, les dijo que primero se arrepintieran y luego se bautizaran en obediencia a Cristo.
¿Qué evangelio predicó Pablo a los atenienses paganos en el Areópago? Les dijo muy directamente: “Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hechos 17:30).
Estos intelectuales griegos no tenían problema en creer en Dios. De hecho, podría decirse que su pasatiempo era “creer” en muchos dioses: Primero en uno, luego en otro. Siempre que alguien predicaba un dios con convicción, ellos creían en él. Así que creían, pero lo hacían viviendo en pecado. La simple fe no era suficiente. Pablo les dijo: “¡No, no! Jesús no puede simplemente añadirse a su lista de dioses. Pueden creer en todos ellos, pero no pueden hacer eso con Jesús. Él ha venido a salvarlos de sus pecados, y manda a todos sus seguidores que se arrepientan y sean purificados”.
Más tarde, Pablo predicó el mismo evangelio del arrepentimiento al rey Agripa. “Por lo cual, oh rey Agripa, no fui rebelde a la visión celestial, sino que anuncié primeramente a los que están en Damasco, y Jerusalén, y por toda la tierra de Judea, y a los gentiles, que se arrepintiesen y se convirtiesen a Dios, haciendo obras dignas de arrepentimiento” (Hechos 26:19-20). Pablo estaba diciendo: “Dondequiera que he estado, he predicado el arrepentimiento, y el arrepentimiento genuino se demuestra con sus obras”.
Estos pasajes nos dejan claro que la iglesia apostólica predicó sin reservas el mismo evangelio que Juan y Jesús predicaron: “¡Arrepiéntanse para el perdón de sus pecados!“.