El Cristiano Vencedor

David Wilkerson

Alguien que cree que el poder está dividido equitativamente entre Dios y Satanás es de doble ánimo e inestable en todos sus caminos. Esto explica por qué “en el momento de la prueba se apartan” (ver Lucas 8:13). Recaen en el miedo y pierden de vista el gran poder de Dios.

Jesús enseñó: “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil” (Mateo 26:41). El espíritu de Dios en ti anhela enseñarte a confiar en su poder, pero la carne busca ceder al miedo.

Yo creo que el miedo, no el cansancio, fue lo que adormeció a los discípulos mientras Jesús oraba en el huerto. Ellos acababan de recibir la noticia de que Jesús sería traicionado y entregado en manos de hombres pecadores, que Pedro se convertiría en un traidor y que todos se sentirían ofendidos y dispersados. De pronto, olvidaron todos sus milagros, su gran poder para sanar a los enfermos y resucitar a los muertos, y su poder para multiplicar los panes y los peces. Estaban aterrorizados de ser abandonados por el Señor. Durmieron como hombres condenados.

Cuando Jesús nos pide que oremos para no caer en la tentación, nos dice: “Oren para que aprendan a confiar en el poder de Dios ahora, ¡en lugar de tener que volver una y otra vez al ruedo de la tentación hasta que aprendan la lección!”.

La Biblia dice que “sabe el Señor librar de la tentación a los piadosos” (2 Pedro 2:9). ¿Cómo? Sometiéndonos a fuego hasta que salgamos cantando: “mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo” (1 Juan 4:4).

A veces, puede que tengas que ceder a la tentación. Incluso los más santos del pueblo de Dios lo hacen ocasionalmente. Por eso Dios hizo provisiones especiales para quienes fallan: “y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Juan 2:1).

Nuestro Señor no se entristece tanto por nuestra caída en la tentación como por nuestra incapacidad para afrontarla. Le duele más por no haber confiado en su poder para liberarnos. A Dios le duele no tanto por lo que hacemos, sino por lo que dejamos de hacer. El cristiano vencedor es aquel cuya vida confiesa: “Dios tiene el reino, el poder y la gloria por los siglos. ¡Amén!”.

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