Cuando Tentamos a Dios

David Wilkerson (1931-2011)

El salmista escribe sobre el pecado de Israel: “Pues tentaron a Dios en su corazón, pidiendo comida a su gusto” (Salmos 78:18). Los hebreos no contaban con recursos humanos para subsistir. Sin embargo, al llegar a esta situación, creyeron que Dios los había abandonado y permanecía en silencio y fuera de la vista.

En resumen, esto es lo que significa tentar a Dios. Sucede cuando sus elegidos y benditos son puestos en el fuego de la prueba y su crisis se intensifica cada vez más hasta que el miedo se apodera de sus corazones y claman: “Señor, ¿dónde estás? ¿Dónde está mi salvación? ¿Por qué no estás aquí? ¿Estás conmigo o no?”.

Es imposible que una persona no salva tiente al Señor, ya que no reconoce a Dios en ningún aspecto de su vida. Para ella, todo lo que sucede es buena o mala suerte. Solo quienes están más cerca del Señor pueden tentarlo: quienes han visto su poder, han probado su misericordia y gracia, y han sido llamados a caminar por fe. Incluso el justo Juan el Bautista enfrentó la clase de prueba que puede llevar a tentar a Dios. Mientras estaba en prisión, debió preguntarse qué papel desempeñaría Dios en su situación. Le habían llegado noticias de todas las cosas maravillosas que Jesús estaba haciendo: sanando personas, obrando milagros, atrayendo multitudes que antes acudían a Juan. 

Juan sabía que tenía que menguar para que Cristo pudiera crecer, pero debió pensar: “Menguar, sí, ¿pero morir? ¿Por qué tengo que morir si Jesús es verdaderamente Dios? Si él está haciendo todas estas maravillas por otros, ¿por qué no puede librarme? Señor, todo esto es demasiado para soportarlo”. (Recuerda que Cristo aún no había eliminado el aguijón de la muerte).

Las últimas palabras que Jesús le envió a Juan fueron increíblemente significativas: “Y bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí” (Mateo 11:6). Cristo le decía a este siervo piadoso: “No te ofendas, Juan. Sabes que solo hago lo que veo y oigo del Padre. Él tiene un plan en todo esto y es digno de confianza. Si quisiera que viniera a liberarte, estaría allí en un instante. Puedes estar seguro de que, sea lo que sea que esto suceda, será para su gloria. ¡Significará gloria eterna para ti!“. Creo que Juan sí aguantó. Cuando finalmente fue decapitado por Herodes, regresó a casa a la gloria lleno de fe y honor.

Estás pasando por tu prueba final. No dejes que la duda te robe la fe. En cambio, descansa en el amor y la fidelidad del Padre hacia ti. No estás siendo juzgado. Al contrario, eres muy honrado a los ojos de Dios. ¡Mantente firme!

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