El Estándar Santo de Cristo
Nuestra confianza plena en Cristo implica tener confianza en su poder salvador y protector. Debemos confiar en su Espíritu para que nuestras vidas se conformen a las suyas y nos mantenga en Cristo.
En un tiempo, estuviste alejado, separado de Dios por tus malas obras. ¿Qué buena obra hiciste para reconciliarte con él? ¡Ninguna! Nadie jamás ha podido santificarse. Más bien, somos llevados a la santidad de Cristo solo por la fe, al aceptar lo que dice la Palabra de Dios: “porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo” (1 Pedro 1:16).
Sí, él quiere que tu vida práctica y diaria esté a la altura de tu vida de fe. Sin embargo, debemos creerle incluso en eso. Debemos confiar en su promesa de darnos el Espíritu Santo y hacernos conforme a la imagen de Cristo en nuestro diario vivir.
“Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él; si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio que habéis oído, el cual se predica en toda la creación que está debajo del cielo; del cual yo Pablo fui hecho ministro” (Colosenses 1:21-23).
Ten en cuenta que Pablo estaba diciendo: “Simplemente continúen confiando en Jesús, viviendo por fe, y él los presentará como limpios y sin mancha, santos delante del Padre”. Esa es la obra santificadora del Espíritu Santo.
Ningún cristiano es más santo que otro, porque no hay grados de santidad, solo grados de madurez en Cristo. Tú puedes ser un cristiano bebé y aun así ser absolutamente santo en Jesús. A todos nos mide un mismo estándar: la santidad de Cristo. Si estamos en Cristo, su santidad es nuestra en igual medida.
Nunca más debes mirar a otro líder cristiano o laico y decir: “Ojalá fuera tan santo como él”. Puede que no tengas su vida de oración; puede que cometas más errores que él, pero el Padre no lo acepta más que a ti. Amado, no te compares con los demás, porque nadie es más amado a los ojos del Padre que tú.