Aferrándonos a Egipto

David Wilkerson (1931-2011)

Cuando Israel acampó en el monte Sinaí, de pronto fueron envueltos por una espesa oscuridad y un fuego increíble y resplandeciente. Desde en medio de estos asombrosos elementos, Dios habló: “Estas palabras habló Jehová a toda vuestra congregación en el monte, de en medio del fuego, de la nube y de la oscuridad, a gran voz…” (Deuteronomio 5:22).

Mientras todo esto sucedía, los israelitas permanecían paralizados de miedo. Estaban convencidos de que morirían antes de que la voz del Señor dejara de hablar. Finalmente, la voz se silenció, los relámpagos cesaron, el temblor terminó y, poco después, el sol comenzó a brillar. Cuando el pueblo miró alrededor, vio que todos seguían vivos. ¡Habían escuchado la verdadera y audible voz de Dios y habían sobrevivido!

Los ancianos y jefes tribales de Israel convocaron una reunión. Uno esperaría que esta fuera la mayor reunión de alabanza en la historia de la humanidad. Sin embargo, esta reunión no fue de alabanza; en cambio, los ancianos le dijeron a Moisés: “No podemos soportar este tipo de experiencia. Ya no queremos oír la imponente voz de Dios. Si vuelve a hablarnos de esta forma, moriremos. De ahora en adelante, queremos oír sus palabras a través de la voz de un hombre”.

Su respuesta es absolutamente desconcertante. ¿Por qué alguien reaccionaría así ante un milagro tan glorioso de Dios? Porque los israelitas tenían pecado oculto en sus corazones. Eran adoradores secretos de ídolos. Aún se aferraban a los pequeños ídolos de oro que habían traído consigo desde Egipto.

El apóstol Esteban dijo que estos ídolos eran “figuras que os hicisteis para adorarlas” (Hechos 7:43). Los israelitas los habían tallado a semejanza de los gigantes becerros de oro que adoraban los egipcios. No habían abandonado su horrible idolatría.

Esteban estaba asombrado de que, incluso después de que el Señor les habló audiblemente, sus corazones permanecieran en el Egipto idólatra. Él dijo acerca de ellos: “Nuestros padres no quisieron obedecer… sino que le desecharon, y en sus corazones se volvieron a Egipto” (Hechos 7:39).

Puedes entender por qué la voz de Dios hizo temblar a estas personas. La razón por la que pensaban que morirían era porque estaban en la presencia de un Dios santo y poderoso, no de algún ídolo tallado y sin vida. Su Espíritu había tomado sus almas, y sus conciencias los estaban convenciendo de pecado.

Amado, la gloriosa voz de Dios da vida. Cuando apartamos nuestros corazones del pecado y nos volvemos completamente a él, podemos recibir su presencia con paz en lugar de temor.

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