¡Cámbiame, Señor!
No estoy en contra de la consejería cristiana. Muchas personas están respondiendo a la consejería que reciben, y esta está sanando sus vidas, matrimonios y hogares. De hecho, la consejería se ha convertido en un ministerio importante en la iglesia de Jesucristo. Casi toda congregación grande en Estados Unidos tiene al menos un consejero de tiempo completo en su equipo.
Sin embargo, veo más cristianos atribulados que no responden en absoluto a la consejería que reciben. Pueden recibir ministración durante semanas, incluso meses, sin resultados. Un pastor o consejero puede guiarlos a través de la Escritura paso a paso, mostrándoles la verdad bíblica con claridad. Puede decirles: “Esto es lo que Dios dice acerca de tu problema. Él dice que debes hacer esto y esto”. Los confronta con la realidad de que, si no abandonan su pecado, enfrentarán el juicio de Dios.
Sin embargo, ninguno de estos consejos produce efecto. ¿Por qué? Hay un velo espiritual sobre los ojos de estas personas. Tienen una terrible ceguera respecto a su propia culpa y su necesidad de cambiar.
Cuando comencé a pastorear, me encontré en medio de muchas disputas familiares, y puedo testificar que pocas de estas guerras se resuelven sin una intervención sobrenatural. ¿Por qué? Porque todos quieren que la otra persona cambie.
Una persona preguntó: “¿Por qué él es tan terco? Es terrible. Él necesita cambiar”. Luego escuché algo parecido de otra persona: “¿Cómo puede ser tan dura de corazón? Ella sabe que estoy haciendo lo mejor que puedo. ¿Esto es lo que recibo por ser amable con ella?”
Siempre es culpa de la otra persona, la otra es quien necesita cambiar. Por eso creo que ninguna cantidad de consejería tendrá impacto hasta que el pueblo de Dios resuelva algo. Todos debemos hacer de esta nuestra oración sincera y diaria: “Oh Dios, cámbiame”.
Pasamos demasiado tiempo orando: “Dios, cambia mis circunstancias, cambia a mis compañeros de trabajo, cambia mi situación familiar, cambia las condiciones de mi vida”. Sin embargo, rara vez hacemos esta oración tan importante: “Cámbiame, Señor. El verdadero problema no es mi cónyuge, mi hermano o mi amigo. Soy yo quien necesita oración”.
“No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos 12:2).