Un Banquete de Fe

David Wilkerson (1931-2011)

Los apóstoles dijeron al Señor: “Auméntanos la fe” (Lucas 17:5).

Jesús respondió a la petición de sus discípulos sobre la fe de esta manera: “¿Quién de vosotros, teniendo un siervo que ara o apacienta ganado, al volver él del campo, luego le dice: Pasa, siéntate a la mesa? ¿No le dice más bien: Prepárame la cena, cíñete, y sírveme hasta que haya comido y bebido; y después de esto, come y bebe tú?... Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos” (Lucas 17:7-8, 10).

Cristo está hablando aquí de nosotros, sus siervos, y de Dios, nuestro Señor. Nos está diciendo que debemos alimentar a Dios. Ahora bien, podrías preguntarte: “¿Qué clase de alimento debemos llevar al Señor? ¿Qué satisface su hambre? ¿Cómo podemos hacerlo?”

La Biblia nos dice: “Pero sin fe es imposible agradar a Dios” (Hebreos 11:6). En pocas palabras, el platillo más delicioso para Dios es la fe. Ese es el alimento que le agrada.

Vemos esto ilustrado a lo largo de toda la Escritura. Cuando un centurión le pidió a Jesús que sanara a su siervo enfermo con solo decir una palabra, Cristo se deleitó en la vibrante fe de aquel hombre. Él respondió: “De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe” (Mateo 8:10). Jesús estaba diciendo: “Aquí hay un gentil, un extranjero, que está alimentando mi espíritu. ¡Qué alimento tan nutritivo me está dando la fe de este hombre!”

Cuando la mujer que padecía flujo de sangre (ver Lucas 8:43-48) atravesó la multitud y tocó con fe el manto de Jesús, él reconoció inmediatamente su fe, y ella fue sanada. Su fe le agradó.

Observo en las palabras de Jesús en Lucas 17:8 una declaración muy directa: “Prepárame la cena, cíñete, y sírveme hasta que haya comido y bebido; y después de esto, come y bebe tú” (Lucas 17:8). En esencia, está diciendo: “Tú no comes primero; yo sí”. En otras palabras, no debemos gastar nuestra fe únicamente en nuestros propios intereses y necesidades. Más bien, nuestra fe está destinada a satisfacer el hambre de nuestro Señor.

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