Las Lenguas Más Afiladas que Conocemos

Tim Dilena

Ministré en Detroit durante 30 años. Mientras predicaba en las calles, me han maldecido, me han escupido, me han tirado botellas, balas pasaron muy cerca de mí. Sin embargo, nada de eso me molestó. No me ofendí, yo no conocía a la persona; no ellos me conocían.

Sin embargo, mi esposa me mira de manera incorrecta y ¡Señor, ten piedad!. Eso es peor que una botella. Eso es peor que un disparo.

Fe Sobre Milagros

David Wilkerson (1931-2011)

Llega un momento en que ciertas situaciones de la vida están más allá de la esperanza humana. No hay ningún abogado, ningún médico, ningún medicamento o cualquier otra cosa que pueda ayudar. La situación se ha vuelto imposible. Requiere un milagro o de lo contrario acabará en una devastación.

En tales momentos, la única esperanza que queda es que alguien llegue a Jesús. Esa persona tiene que asumir la responsabilidad de apoderarse de Jesús; y tiene que determinar: “No me iré hasta oír del Señor. Él tiene que decirme: Está hecho. Ahora sigue tu camino”.

Una Tierra de Corazones que Suplican

Gary Wilkerson

“En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo” (1 Pedro 1:6-7).

El Bálsamo Sanador del Refrescar

David Wilkerson (1931-2011)

Tenga el Señor misericordia de la casa de Onesíforo, porque muchas veces me confortó, y no se avergonzó de mis cadenas, sino que cuando estuvo en Roma, me buscó solícitamente y me halló… Y cuánto nos ayudó en Éfeso, tú lo sabes mejor” (2 Timoteo 1:16-18).

Dejando que Dios Sane Tu Quebranto

Gary Wilkerson

Jerusalén es un símbolo de la ciudad de Dios, o la morada de Dios. Reconstruir los muros era importante porque servía como una señal para los enemigos de Israel, mostraba que Dios estaba con su pueblo y revelaba su bendición.

Cuando Nehemías oyó que los muros de Jerusalén todavía estaban derrumbados más de medio siglo después de la culminación de la reconstrucción del templo, “me senté y lloré, e hice duelo por algunos días” (Nehemías 1:4). Luego ayunó y oró mientras formulaba un plan para remediar la situación.