En el primer libro de Samuel, David y sus hombres volvieron a casa de la batalla y encontraron su ciudad quemada y devastada. Siclag, lugar donde David tenía su sede, había sido atacada por los amalecitas. Como si esto fuera poco, el enemigo se había llevado cautiva a la familia de David. Todas sus mujeres, hijos y ganado se habían ido.
Cuando David y sus hombres vieron esto, cayeron llorando sobre sus rostros. Estaban convencidos de que sus seres queridos habían sido asesinados en un sangriento holocausto. La Escritura nos dice que todos lloraron hasta que ya no les quedaba fuerzas.
Luego los hombres de David se levantaron airados contra él. Tomaron piedras, lo culparon por esta calamidad. Sin embargo, a pesar de ello, David cobró ánimo en el Señor. Llamó a Abiatar, el sacerdote, y le pidió que preguntara a Dios para saber lo que él debiera hacer.
Abiatar le dio a David esta palabra de parte del Señor: “Anda, sigue a los amalecitas. Traerás de regreso todo lo que se llevaron. No te faltará ni una sola cosa. Todo será recuperado”.
Así que David partió con 600 hombres en busca de los amalecitas. Cuando llegaron al torrente de Besor, hallaron un esclavo egipcio que estaba herido. Cuando el esclavo entendió la misión de ellos, los guió al campamento de los amalecitas.
Quizás, estos 200 soldados estaban cansados por la batalla, o quizás estaban heridos o enfermos, pero no eran cobardes. Fueron, simplemente retenidos por las circunstancias. Mientras David se preparaba para avanzar, encargó, al cuidado de estos hombres “el bagaje” que el ejército debía dejar: equipo, utensilios, armas, ropas y demás.
A medida que David marchaba con los otros 400 soldados, vieron que los amalecitas habían acampado en una gran llanura. Y se sorprendieron con lo que vieron: El enemigo tenía más de un millón de cabezas de ganado en su posesión, ya que los amalecitas también habían invadido a los filisteos y habían obtenido el botín. En medio de esta asombrosa escena, el ejército de David vio, aquello que habían venido a buscar: sus mujeres e hijos cautivos.
Mientras David y sus hombres se acercaban, vieron a los amalecitas esparcidos por sus tiendas. Estaban bebiendo, de parranda, celebrando, por los grandes despojos obtenidos. Juntamente con el ruido de un millón de animales bramando, debe de haber sido una escena bastante ruidosa y caótica.
David extendió a sus hombres para atacar, y los 400 soldados rodearon el campamento enemigo. Lo que siguió, fue una batalla sangrienta, que duró un día y medio. Cuando acabó, David había triunfado, y tal como Abiatar se lo había dicho, recuperó todo. Ni una sola persona, animal o pertenencia se perdió.
Después de la batalla, al finalizar el conteo de los despojos de guerra, David reclama los bienes tomados por los amalecitas a los filisteos. Él declaró: “Éstos también son míos”, y tenía, para éstos, un propósito específico en mente.
Ahora bien, mientras los vencedores retornaban hacia el torrente de Besor, los 200 soldados que se quedaron atrás, los vieron venir con todas sus mujeres e hijos. ¡Qué cuadro tan maravilloso debe haber sido verlos correr llorando, para abrazar a sus seres queridos!
Sin embargo, este momento era por un lado dulce, y por otro, amargo. A pesar de que las circunstancias habían impedido a estos hombres ir a la batalla, ellos eran tan valientes, estaban tan calificados y tenían tanta pasión para pelear contra el enemigo, como los que fueron a la batalla. No obstante, ellos no se sentían dignos de celebrar la victoria.
David sabía lo que estos hombres estaban pensando mientras abrazaban a sus familiares: “No me he ganado el gozo de este momento. No logré nada. Debí haber estado con los que fueron al frente de batalla”.
Pero algunos de los 400 guerreros que habían ido a combatir, comenzaron a quejarse. La Escritura llama a estos soldados, “hombres malos y perversos”. Se decían unos a otros: “No vamos a compartir los despojos con estos vagos. Ellos no arriesgaron lo que nosotros arriesgamos. No aceptaron el desafío ni pagaron el precio” (ver 1 Samuel 30:22). Su murmuración estaba a punto de convertirse en un motín.
Pero David tuvo, en ese momento, el corazón de Dios. “Y cuando David llegó a la gente (a los 200 hombres), les saludó con paz” (1 Samuel 30:21).
En ese momento, con ese gran gesto, David establece la ley de los despojos, diciéndoles: “Porque conforme a la parte del que desciende a la batalla, así ha de ser la parte del que queda con el bagaje; les tocará parte igual”. Dicho de una manera sencilla, los 600 hombres compartirían el botín equitativamente.
David no permitiría que ningún soldado en su ejército lamente el no haber estado en el frente de batalla. Así que convocó a sus líderes, a una reunión, y les instruyó: “No permitiré que esta división suceda. Compartiremos con igualdad. Este ejército de respaldo es tan importante como aquéllos que fueron a la batalla”.
Cuando David saludó a estos 200 hombres, les estaba diciendo: “¡Bien hecho! Esta victoria es tanto de ustedes como de los que estuvimos al frente. Fueron útiles justamente donde se quedaron. Y, como su rey, yo declaro que ustedes recibirán la misma parte de los despojos de la victoria”.
A partir de ese momento, todo rey en la historia de Israel guardó la ley de los despojos de David.
Quiero hablar a todo creyente que no puede viajar al campo misionero, sino que tiene que quedarse por diversas circunstancias. Me estoy refiriendo a aquéllos que son fieles en oración, que hacen el sacrificio de dar, que respaldan económicamente la obra misionera. A todos esos creyentes, les doy un claro mensaje de 1 Samuel 30: Ustedes son la línea de suministro del frente de batalla. Y los despojos de la guerra son de ustedes, también.
En aquel glorioso día, cuando la batalla haya acabado, cuando finalmente podamos bajar nuestras espadas espirituales, muchos estarán delante del Señor pensando que tienen las manos vacías. Estos santos desconocidos dirán dentro de sí: “No tengo nada que presentarle al Señor, no hice nada de nada, nunca llevé almas a Cristo”.
Sin embargo, ¡qué glorioso momento les espera, cuando Jesús comience a repartir los despojos! Estarán sobrecogidos de gozo, a medida que sus ojos son abiertos para ver cuán importante fueron ellos para la batalla. ¡Los que pensaron que no tenían buenas obras que presentar, compartirán equitativamente los despojos! Entre ellos, habrá viudas, personas aisladas y jubilados, quienes dieron con sacrificio para apoyar la obra misionera.
Mientras pienso en estos santos desconocidos, me imagino a las mujeres norteamericanas que mantuvieron el frente de sus hogares durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando niño, mi familia visitaba el hogar de mi abuela, cerca de Pittsburg, Pensilvania. Cerca de ahí, había una fábrica que producía casquillos para proyectiles. Durante esas visitas, me paraba afuera del cerco de la fábrica y veía docenas de mujeres trabajadoras llegar e irse.
Mientras sus esposos, hermanos y novios peleaban en el frente de batalla, en el Pacífico, Europa y África, estas mujeres estaban a cargo de inmensas líneas de producción. Trabajaban duro, a toda hora, sudando, mientras que los fuertes ruidos de la planta zumbaban constantemente en sus oídos.
Las circunstancias no permitieron que estas mujeres estén en el frente de batalla. Así que “se quedaron con el bagaje” apoyando a sus seres queridos. Y, sin el fruto de dicha labor, de su fiel producción en aquellas líneas de ensamblaje, la guerra nunca se habría ganado.
Amados, esta es la verdadera figura, en la eternidad, de todo santo desconocido que piensa que no tiene nada que presentarle a Jesús.
Durante la época de Moisés, un ejército de 12,000 soldados israelitas derrotó a los madianitas y a 5 capitanes de guerra. Cuando los despojos fueron después reunidos, Moisés dio la siguiente instrucción:
“Toma la cuenta del botín [despojos] que se ha hecho…y partirás por mitades el botín entre los que pelearon, los que salieron a la guerra, y toda la congregación” (Números 31:26-27).
Aquí vemos dos grupos iguales, según Moisés: combatientes y congregantes, aquéllos que fueron a la batalla y aquéllos que “se quedaron con el bagaje”. El Señor mismo ordenó que estos dos grupos compartieran en igual cantidad los despojos.
Cuando Israel contó el botín madianita, la división se hizo de la siguiente manera:
- 337,500 ovejas para los combatientes, 337,500 para los congregantes
- 36,000 vacas para los combatientes, 36,000 para los congregantes
- 30,500 asnos para los combatientes, 30,500 para los congregantes
- 16,000 cautivos para los combatientes, 16,000 para los congregantes
¿Ven la figura? Era completamente equitativo, entre los que fueron y los que se quedaron.
Para el conteo, en nuestros días, me imagino al apóstol Pablo siendo convocado. Todas sus victorias de almas ganadas se volverán a contar, así como todas las iglesias que estableció.
Entonces muchos hombres y mujeres de Antioquia serán llamados a pararse al lado de Pablo. Éstas fueron las personas que ayunaron y oraron por el apóstol, que impusieron manos sobre él y lo enviaron como misionero. Ellos le enviaban, ofrendaron con sacrificio.
Simeón, Lucio y Manaén eran los ancianos de la iglesia en Antioquia. Ellos y otros santos desconocidos como ellos, nunca fueron al lejano frente de batalla. Probablemente, jamás atravesaron el mar, ni viajaron a Macedonia. Aun así, serán llamados a compartir el botín de Pablo.
¿Por qué se le dará una porción igual a la del apóstol? Porque ellos jugaron un papel en cada alma que Pablo ganaba, en cada iglesia que Pablo edificaba, en cada viaje que Pablo hacía.
Muchos cristianos se sienten culpables por no servir en algún campo misionero del extranjero. Pero quedarse en casa con el “bagaje” es, también, un alto llamado en Jesucristo. Si usted ama al Señor y camina en su Espíritu, puede estar seguro de su llamado. La Palabra de Dios nos asegura:
“Mas ahora Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso” (1 Corintios 12:18).
¿Ven lo que Pablo quiere decir? Si usted es un anciano en su iglesia, usted tiene un alto llamamiento en el Señor. Como también lo tiene el maestro o la maestra de escuela dominical.
Incluso lo mismo es verdad para cualquier madre soltera que lucha para criar a sus hijos para Cristo. Ella tiene un alto llamamiento, justo donde se encuentra.
Así también, si usted es un hombre de negocios, un abogado, un doctor: descanse en su llamado. Si es usted un vendedor, un mecánico, un maestro, un mesero, no tiene que forzar un llamado al campo misionero para poder agradar a Dios. A menos que el Espíritu mismo le esté inquietando, descanse donde se encuentra, en lo que está haciendo.
“Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo…Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan, los que ayudan, los que administran, los que tienen don de lenguas. ¿Son todos apóstoles? ¿son todos profetas? ¿todos maestros? ¿hacen todos milagros? ¿tienen todos dones de sanidad? ¿hablan todos lenguas? ¿interpretan todos? Procurad, pues, los dones mejores. Mas yo os muestro un camino aun más excelente” (1 Corintios 12:27-31).
Es importante que ningún creyente se frustre por no estar en África o en algún campo misionero. El Señor nunca trae condenación a nadie de su pueblo respecto al llamado a las misiones, cuando Él mismo los ha colocado en el lugar donde están dentro de su cuerpo.
Claro que es importante permanecer abiertos y dispuestos a oír del Espíritu, respecto a servirlo en algún lugar fuera. Pero debemos rendir este asunto enteramente a la inquietud y a la dirección del Señor. Dios sabe cómo inquietarnos y cómo abrir puertas para el ministerio, en casa y fuera de ella.
Pablo era un misionero mundial con un corazón de amor para con los pobres. El oía el clamor de los más pobres en toda nación que visitaba. Y él enseñó a cada pastor y evangelista debajo de él: “No se olviden de los pobres”. Con regularidad, Pablo tomaba ofrendas para los pobres; en un punto viajó a muchas ciudades para juntar dinero para Jerusalén cuando la hambruna era inminente.
De todos los que hayan vivido, Pablo entendió el clamor de la necesidad humana. Sin embargo por más que este apóstol piadoso sacrificara, aun hasta el punto de morir él mismo como un mártir, nos dio una advertencia convincente:
“Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve” (1 Corintios 13:3).
Debo preguntar: ¿Estamos listos para aceptar las palabras convincentes de Pablo? En esencia, él está diciendo: “Ustedes pueden llorar respecto a los gritos desesperados de los pobres. Pueden viajar a los barrios marginales de África. Pueden estar listos para morir como mártires. Pero si no se han asido del amor, todo lo que hagan es en vano, sea en casa o como misioneros fuera del país”.
Piense en esto, aun Jesús les dijo a sus discípulos que comiencen su obra en Jerusalén, su ciudad natal, antes de ir a lo último de la Tierra. Esto me dice que nuestra primera misión tiene que ser en nuestros propios corazones. En otras palabras, el Espíritu Santo tiene que hacer su obra en nosotros, antes de que pueda hacer su obra a través de nosotros.
Hace unos años, comencé a pedirle al Señor que ensanchara mi visión para las misiones. En ese momento, había empezado a viajar por el mundo, conduciendo conferencias ministeriales, y había visto los peores barrios marginales del mundo. Mi corazón ardía por saber cómo poder responder a tan desesperante clamor que venía de dichos barrios. De modo que pasaba horas delante del Señor, en oración, buscando su carga y pidiendo dirección.
La primera palabra que recibí de parte del Espíritu Santo fue ésta: “David, primero que nada, toma el último lugar en la casa. Si quieres un corazón que alcance la necesidad humana, humíllate”.
Le pedí la gracia de Dios para poder hacer esto. También comencé a predicar esta palabra en nuestra iglesia, para que nuestra congregación orientada a las misiones reciba la misma palabra que yo estaba oyendo de parte del Señor.
Más tarde, en oración, recibí la siguiente palabra: “Golpea los rezagos de tu orgullo. Yo no puedo obrar a través tuyo en plenitud a menos que trates con ello. Alcanzar la necesidad humana es un asunto fuerte, y todo tu orgullo debe ser tratado”. Una vez más, le pedí a Dios su gracia.
Posteriormente, vino esta palabra: “Trata con tu temperamento. Todavía reaccionas fácilmente en tu trabajo y con tu familia. Eso debe ser subyugado por el Espíritu”.
En todo esto, el Espíritu siempre me recordaba las palabras de Pablo: “Sí, hay fe y hay esperanza. Pero el mayor de ellos es el amor” (ver 1 Corintios 13:13).
En este mismo momento, nuestro ministerio está colocando techos sobre las iglesias de Kenia. Estamos ayudando económicamente al programa para huérfanos “Kenya Kids” (Niños de Kenia), en Nairobi, la ciudad capital. Ayudamos a cavar pozos en áreas pobres. Estamos enviando ayuda a un centro de adictos y alcohólicos. Ayudamos a dar de comer a niños con hambre. El Señor nos ha llamado claramente a hacer cada una de estas obras de compasión.
Pero ninguna de estas obras tendría provecho alguna si no fluyeran del amor verdadero de la semejanza de Cristo.
En Irak, un misionero llora la muerte de dos de sus asistentes, él y los miembros de su iglesia son diariamente amenazados, pero rehúsan dejar de evangelizar entre los pobres e indigentes. Éstos son soldados de Cristo del frente de batalla.
Pienso en Kevin, un misionero dedicado en Suazilandia, África. En dicha nación, 42 por ciento de la población está infectada con el virus del SIDA. Las posibilidades de que un niño de quince años muera antes de cumplir treintaicinco años son nueve de diez. La tasa de desempleo es de 40 por ciento. Hay una terrible sequía y la comida escasea. El niño promedio solo come una vez cada dos días. La desesperanza abunda.
Aun así, el Espíritu Santo guió a Kevin a hacer algo. Comenzó a reconstruir casas viejas y abandonadas para convertirlas en hogares para huérfanos. Cada hogar, administrado por una madre preocupada, alberga a ocho niños. A estos huérfanos se les provee de comida nutritiva, educación y atención médica.
El ministerio también alcanza a la comunidad entera, proveyendo ayuda para los niños infectados con HIV y poniendo en funcionamiento un centro de atención y cuidado para drogadictos. Ahora Kevin tiene la visión de enviar equipos a las áreas marginales, para ayudar a alimentar a las familias que constan de madres solteras con sus hijos, y enseñarles a dichas madres, habilidades para vivir. Estos equipos también se preocupan por las muertes que ocurran.
Nos sentimos privilegiados de ser principales contribuyentes en este increíble ministerio. Kevin es uno de los guerreros del frente de batalla, quien da todo de sí, en el campo misionero.
Ahora, permítame contarle sobre una asombrosa viuda que nunca tuvo la oportunidad de servir como misionera en tierras lejanas.
Abuela Carosso, la madre de mi esposa Gwen, falleció a la avanzada edad de noventaicinco años. Ella era una mujer de oración, callada e inadvertida. De hecho esta devota mujer oraba por mí todos los días. Muy pocas personas conocían su nombre.
Cuando ella partió para estar con el Señor, Gwen y yo encontramos una caja de cartón en su armario, llena de talonarios de cheques girados durante muchísimos años. La abuela Carosso había gastado muy poco en ella misma, más bien el registro demostraba que ella había apoyado a misioneros durante muchos años. Enviaba pequeñas sumas de dinero por vez: cinco, seis, diez dólares.
Todo ese tiempo, la abuela Carosso había pensado que no hizo mucho en la obra del reino. Ella diría que no tenía talento, ni ministerio. Pero era tan importante para Jesús y su reino como los muchos misioneros que ella apoyo durante años a través de sus dádivas de sacrificio.
Cuando nuestro bendito Señor recompense a los misioneros que ella apoyó, la abuela Carosso compartirá todos los despojos de sus victorias espirituales en el frente de batalla. Recuerde lo que dijo Jesús de la pobre viuda que echó dos moneditas en el arca de la ofrenda: “Esta viuda pobre echó más que todos”. La viuda dio todo lo que tenia.
Mi esposa Gwen, se quedaba en casa “junto al bagaje”, mientras yo viajaba por años al frente de batalla del evangelismo
Gwen se parece mucho a su difunta madre: callada, inadvertida y muy dedicada a su familia. Durante las décadas de ministerio que yo viajaba por todo el mundo, gran parte del tiempo no estaba en casa. Gwen debía quedarse para cuidar a nuestros cuatro hijos. Ella siempre estuvo presente cuando ellos volvían de la escuela, siempre presente cuando tenían alguna necesidad.
Cuando yo volvía a casa, Gwen se alegraba conmigo, al oír los reportes de las numerosas almas ganadas para Cristo, o los adictos o alcohólicos siendo sanados. Sin embargo, ella no podía ir y hacer esta obra. Ella tenía que quedarse atrás con “el bagaje”, todas las responsabilidades cotidianas.
Muchas veces, oía a mi esposa decir: “No puedo predicar ni cantar. No soy una escritora. Siento que estoy haciendo tan poco, o quizás nada, para el Señor”.
Pero cuando Gwen llegó a creer que su llamado era el de ser una madre y una esposa fiel (y eventualmente una abuela). Hoy, nuestros cuatro hijos están en el ministerio y se han levantado para llamarla bienaventurada muchas veces. Fue Gwen la que hizo el trabajo duro que permitió que nuestros cuatro hijos siguieran su llamado.
Mientras escribía este mensaje, le dije a mi esposa: “En aquel día, cuando esté delante de Jesús, si es que he sido usado para ganar almas o para levantar obras de Dios que le agradaron, si hubiera alguna recompensa, Gwen, la compartiremos en partes iguales”.
Tal como hizo el rey David, saludamos a todos los santos especiales que se quedaron junto al “bagaje”.
Bendecimos a nuestros misioneros en los campos de cosecha por todo el mundo. Ellos se arriesgan grandemente y ponen en peligro sus vidas por el evangelio. Nuestros misioneros y sus familias necesitan nuestras oraciones y apoyo. Los honramos.
También honramos a los que no pueden ir, incluyendo a los ancianos, los inadvertidos, los desempleados y aquéllos que sirven al Señor fielmente en su llamado presente, en toda lengua y nación.
Amado santo, que Dios no permita que se incomode su espíritu a causa de que usted no crea estar haciendo nada importante para la obra de Dios. Sus oraciones, sus continuos aportes para las misiones, su espíritu amoroso, todo está dándole gloria y honrando a Dios.
Mi oración es que usted le pida al Espíritu Santo que lo lleve a su reposo, y que le dé paz y gozo, justo donde usted está, ese es su deseo. ¡Amén!
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